Sobre la relación entre desigualdad y crecimiento

Hace unas semanas se produjo un debate entre Manuel Hidalgo, Kamal Romero, Gonzalo López, Jorge Díaz, Borja Barragué (Hidalgo et al.) y Juan Ramón Rallo sobre los efectos de la desigualdad en el crecimiento y la felicidad. En este artículo nos centramos en la primera de estas cuestiones, estudiando los argumentos de ambas partes, y tratando de elucidad qué debería uno pensar a la luz del debate sobre esta cuestión.

Lo primero, una revisión de los argumentos expuestos por ambas partes. Rallo ha recogido el debate en su blog en orden cronológico. Sólo comentaremos aquellos argumentos que resulten erróneos. El no comentario por nuestra parte puede interpretarse tanto como acuerdo o como que juzgamos que la sección no comentada es irrelevante. Los artículos anteriores deben ser leídos con anterioridad al presente artículo, ya que aquí sólo juzgamos argumentos, y no reexponemos lo ya dicho.

¿Perjudica la desigualdad al crecimiento económico? (Rallo)

En primer lugar, si practicamos un meta-análisis de todos los ensayos que estudian la correlación entre crecimiento y desigualdad, descubriremos que “el impacto medio de la desigualdad en el crecimiento es negativo y estadísticamente significativo, pero no relevante desde un punto de vista económico” (Neves et alii 2016). Más en particular, un incremento del índice Gini de 10 puntos reduce el crecimiento medio anual entre un 0,11% y un 0,14% anual.

La afirmación en cuestión sí la hace Neves et al., pero la hace al inicio de su análisis. Aunque literalmente el análisis dice eso, no da una imagen del todo correcta de la realidad: Neves et al. luego afirman que los trabajos estudiados presentan cierta heterogeneidad, y que esto enmascara los verdaderos efectos de la desigualdad. Por así decirlo, es como si aplicamos frío y calor extremos a la cabeza y manos de una persona por separado. De media, la persona estará a una temperatura razonable, pero esa afirmación no refleja para nada la realidad.

Además, las estimaciones numéricas que da Rallo son las que da Neves et al. al inicio de su análisis, justo antes de decir que hemos de tener cuidado debido a la heterogeneidad de la literatura. La cifra en cuestión aglutina estudios de países desarrollados y subdesarrollados, diferentes metodologías, y diferentes conceptos de desigualdad. Esos efectos pueden servir como una primera aproximación, a falta de más información, del impacto de la desigualdad en el crecimiento, pero no son la última palabra.

Esto lo reconoce el propio Rallo, aunque la forma de presentar la información (cf. el párrafo anterior) no sea del todo clara:

En segundo lugar, no todas las desigualdades son iguales. La correlación negativa entre desigualdad y crecimiento se obtiene metiendo muchas variables muy distintas dentro de un mismo saco: países desarrollados y países subdesarrollados; o desigualdades derivadas del aumento de la pobreza y desigualdades derivadas del incremento de la riqueza. ¿Cómo se modifica esa estadísticamente significativa correlación negativa entre crecimiento y desigualdad una vez segmentamos los datos? Por un lado, si separamos entre desigualdad gestada en la parte baja de la distribución de la renta(desigualdad por aumento de la pobreza) y desigualdad gestada en la parte alta de la distribución de la renta (desigualdad por aumento de la riqueza), comprobaremos que solo la primera está relacionada negativamente con el crecimiento, mientras que la segunda desigualdad está vinculada positivamente con el mismo (Voitchovsky 2005). Por otro lado, si separamos entre desigualdad en los países subdesarrollados y los países desarrollados, descubriremos que la desigualdad solo está negativamente relacionada con el crecimiento en los países subdesarrollados, no en los desarrollados, donde incluso puede llegar a tener ciertos efectos positivos (Kolev y Niehues 2016).

Lo que termina diciendo es que el efecto de la desigualdad depende de qué desigualdad se tenga en cuenta, y en cómo se haya originado: que no toda desigualdad es igual, que si una sociedad tiene instituciones robustas, y logra proveer a toda la población de servicios básicos, no hay por qué preocuparse de la desigualdad. En cambio, si esa desigualdad se incrementa por el empobrecimiento de la parte baja de la distribución de renta, o si la desigualdad se origina mediante corrupción, entonces sí cabrá preocuparse de esa desigualdad.

Esto no es incompatible con la conclusión final de Neves et al.: A saber, que el efecto de “la desigualdad” sobre el crecimiento es negativo. (Y más negativo en países en vías de desarrollo y si se considera la riqueza en lugar de la renta). Puede ser que en agregado los estudios concluyan que la desigualdad sea negativa, pero puede ser que ese concepto de desigualdad a su vez enmascare varios subtipos de desigualdad. Neves et al. no llega a estudiar esto, pero Castells-Quintana y Royuela sí: ellos concluyen que el efecto de “la desigualdad” puede descomponerse en el efecto de la desigualdad que denominan estructural (negativo) y la desigualdad que se produce por procesos de mercado de forma natural (positiva). Tomado en agregado, el 80% del efecto de la desigualdad es negativo, y en agregado este efecto es negativo de forma neta -al igual que concluyen Neves et al.-, pero esto no quiere decir que toda desigualdad debe reducirse para aumentar el crecimiento, sólo algunas. Más adelante comentaremos el estudio de Neves en más detalle.

Desigualdad, pobreza y desvergüenza intelectual (Hidalgo et al.)

Lo primero que hay que aclarar sobre este artículo es que el tono del mismo es agresivo en exceso. Según salió a relucir después, el editor de ElConfidencial cambió una palabra en el texto, pero el resto del mismo sí está escrito de esa manera. Aquí nos centramos, de todas formas, sólo en los argumentos.

Ante tal alud de afirmaciones, la primera reacción de quienes les escriben fue de relativa incredulidad. ¿Cómo pueden esos trabajos haber encontrado una relación positiva entre desigualdad y crecimiento pese a la amplia literatura que apunta en el sentido opuesto?

Los autores se muestran sorprendidos por los artículos que ha citado Rallo. ¿Pero deberían? ¿Qué es lo que dice la literatura? Una lectura de ese párrafo daría a entender que, de forma relativamente clara, la desigualdad, en general, afecta negativamente al crecimiento. Pero esto es no es cierto, y los autores deberían saberlo, pues esto mismo se refleja en los trabajos que forman el núcleo de la discusión.

En 2012, Herzer y Vollmer (2012) apuntan que:

However, if there is anything we can take away from the existing literature then, it is the fact that there is no consensus on the question of whether inequality affects growth positively, negatively, or at all

Un reciente análisis de la literatura, publicado en Junio del año pasado (Klasen et al. 2016) es claro cuando dice que:

The empirical literature on the relationship between inequality and growth is large, and there is no consensus on the question of whether inequality affects growth positively, negatively, or at all.

De igual manera, Castells-Quintana y Royuela (2017),

Summing up, although theoretically the relationship between inequality and growth
works through different channels, with inequality potentially having at the same time a positive and a negative effect on economic growth, empirical evidence in this sense remains scarce.

Ostry et al. en 2014 sí se mostraba maś favorable a la existencia de un consenso en el campo – aunque lo tildaba de tentativo- si bien Cingano (2014) negaba tal consenso.

The large empirical literature attempting to establish the direction in which inequality affects growth is summarized in the literature review Table A2.1 (see Annex 2 ). That survey highlights that there is no consensus on the sign and strength of the relationship; furthermore, few works seek to identify which of the possible theoretical effects is at work.This is partly traceable to the multiple empirical challenges this literature faces, ranging from the poor quality of available data to the limited possibilities of capturing changes in the shape of income distribution and an estimation approach reflecting a lack of time series
variation.

Y esto es de esperar. No toda desigualdad es igual.

Como dato adicional, en 2015, Paul Krugman señalaba su escepticismo sobre la literatura en general, apuntando que creer en la existencia de tal relación puede ser un sesgo de wishful thinking por parte de los progresistas, si bien tal ausencia no es un problema para ellos: También quiere decir que perseguir una mayor igualdad no perjudica al crecimiento.

El primer ejemplo de este empleo deshonesto de la evidencia lo encontramos cuando Rallo se apoya (supuestamente) en un trabajo de Neves y otros (2016) para concluir que “el impacto medio de la desigualdad en el crecimiento es negativo y estadísticamente significativo, pero no relevante desde un punto de vista económico”. ¿Seguro? No hace falta interpretar el sentido del artículo para darse cuenta de que no es así, porque los autores dicen literalmente que la “desigualdad debida a la riqueza” tiene un impacto significativo y negativo sobre el crecimiento económico, mientras que la “desigualdad de ingresos” no sólo tiene el mismo efecto negativo sino que incluso es mayor en los países en vías de desarrollo.

Aquí está el problema de que literalmente la frase que cita Rallo es cierta, pero como le reprochan, es una interpretación simplista. Pero este párrafo es consistente con lo que dice Rallo: él ha hablado de desigualdad de renta, no de riqueza, y él ha aceptado que el análisis de Neves concluye que la relación es negativa, y más negativa en países en vías de desarrollo. Cabe decir acaso que hay acuerdo entre ambas partes en que el trabajo de Neves dice que ‘la desigualdad, de media, tiene un efecto negativo y es más pronunciado para medidas de riqueza, y en países en vías de desarrollo’. Pero esto no nos dice nada de esa magnitud, ni de subtipos de desigualdad.

El segundo hito en la carrera hacia la insolencia de Rallo lo encontramos cuando, basándose (supuestamente) en Voitchovsky (2015), sostiene que “la correlación negativa entre desigualdad y crecimiento se obtiene metiendo muchas variables muy distintas dentro de un mismo saco: países desarrollados y países subdesarrollados; o desigualdades derivadas del aumento de la pobreza y desigualdades derivadas del incremento de la riqueza”. El problema es que nada avala la conclusión de Rallo.

Primero, porque el trabajo de Voitchovsky está realizado con una muestra únicamente de países avanzados: no mezcla “países desarrollados y países subdesarrollados” para lograr ese efecto negativo entre las dos variables.

La crítica de que Voitchovsky sólo tiene en cuenta países avanzados no se sostiene: Acaso podrá decirse que sus resultados sólo son válidos para países avanzados, y que Rallo no ha hecho esto explícito.

El problema con el tercer trabajo que menciona para afirmar que la desigualdad promueve el crecimiento (Kolev y Neuhes 2016) no reside tanto en que Rallo tergiverse descaradamente sus conclusiones como en la propia selección de un artículo que presenta tantas deficiencias. Sin entrar en detalles técnicos, ocurre que (1) el tamaño de la muestra es más bien pequeño, (2) no controlan por redistribución (algo más que aconsejable cuando empleas Gini como indicador de desigualdad), (3) los resultados econométricos no están sometidos a un correcto análisis de robustez y (4) la muestra solo toma datos desde la década de 1990, por lo que están muy condicionados por lo ocurrido en los países del Este de Europa. Estirar la interpretación de los datos no es una práctica científica muy recomendable, seleccionar artículos que presentan tantas deficiencias, tampoco.

El tamaño de muestra al que se refieren es de unas 205 observaciones. ¿Es esto pequeño? Atendiendo el funnel plot del meta-análisis de Neves, la mayoría de los estudios tienen menos de 100 observaciones. Sólo 9 de los estudios tienen más de 100, y sólo 4 tienen más de 200. Por tanto, no, no es pequeña en comparación con la literatura. Segundo, controlar por redistribución tiene sentido si uno espera que la redistribución sea un factor importante como determinante del crecimiento. Y puede serlo, aunque en el debate no se ha debatido el papel de la redistribución. Ostry et al. encuentran que la redistribución tiene un efecto ligeramente positivo sobre el crecimiento, pero actúa a través de una reducción de la desigualdad, el efecto directo es muy pequeño. Tercero, esa crítica sí es válida, aunque que no se haya hecho análisis de robustez no implica directamente que el estudio sea erróneo. Cuarto, esa crítica no es correcta. los datos los toman desde 1970 hasta 2010. Lo que es cierto es que uno de los análisis que hacen cubre el periodo 1990-2010, pero hacen esto para replicar el estudio de Cingano. El artículo emplea 113 países para su análisis final, cubriendo un periodo más amplio. En este análisis final hay 682 observaciones, superior a cualquier estudio del meta-análisis de Neves.

Finalmente, Hidalgo et al. critican la lectura de Rallo del trabajo de Castells-Quinana y Royuela,

El problema es que las conclusiones del trabajo no se corresponden con las afirmaciones del autor. No hace falta interpretar nada, porque los autores dicen literalmente que “nuestros resultados señalan, en línea con la literatura, que la alta desigualdad posee un efecto negativo en el crecimiento a largo plazo”. Encuentran que los efectos positivos que menciona Rallo solo explican al 20% de la desigualdad, por lo que el impacto neto de la desigualdad sobre el crecimiento es negativo.

Pero Hidalgo et al. hacen una lectura sesgada del paper. Sí, ciertamente la frase que citan aparece en el paper, pero un poco después dicen los autores que:

However, our results also support the possibility of a long-run growth-enhancing component of inequality and allow us to see the relevance of the mechanisms that need to be controlled for the positive effect of inequality to become empirically evident. […]

In order to assess the impact of inequality on economic growth in a given country, one should focus on the dynamics of inequality. When inequality is associated with political instability and social unrest, rent seeking and distortive policies, lower capacities for investment in human capital, and a stagnant domestic market, it is mostly expected to harm long-run economic performance, as suggested by many authors. Accordingly, improving income distribution is expected to foster long-run economic growth, especially in low-income countries where the levels of inequality are usually very high. However, some degree of inequality can also be good, as has been theoretically argued in the literature and as empirically suggested in this study. A degree of inequality can play a beneficial role for economic growth when that inequality is driven by market forces and related to hard work and growth-enhancing incentives like risk taking, innovation, capital investment, and agglomeration economies

Cuando Hidalgo et al. hablan de que los efectos positivos sólo explican un 20% de los efectos de la desigualdad, esto hay que leerlo en su contexto. En agregado, esto es cierto. Pero estos efectos están vinculados a cierto tipo de desigualdad. Esto es, si la desigualdad resultante se produce por los canales que señalan como positivos, no se sentirán los efectos negativos, y viceversa.  Es por esto por lo que Castells-Quintana y Royuela no señalan que para incrementar el crecimiento deban implementarse políticas contra la desigualdad, sino contra cierto tipo de desigualdad,

The challenge for policy makers is to control structural inequality, which reduces the country’s capacities for economic development, whileat the same time keeping in place those positive incentives that are also necessary for growth. To ease this task, a broader and deeper understanding of the dynamics of the relationship between inequality and economic development will prove invaluable.

Desigualdad, crecimiento y sectarismo: réplica a cuatro economistas y un filósofo (Rallo)

Un meta-análisis de los papers que estudian la relación entre desigualdad de renta y crecimiento concluye que la misma es estadísticamente significativa, pero no económicamente relevante (Neves et alii 2016).

Esto, como ya hemos visto, no es del todo correcto: esa línea aparece al inicio del meta-análisis, aunque podría ser correcta si tras el meta-análisis el efecto de la desigualdad sobre el crecimiento resulta ser de la misma magnitud que Neves señala como ‘económicamente irrelevante, pero Rallo no explicita aquí a qué se refiere.

Desigualdad y crecimiento: una relación convulsa (Hidalgo et al.)

Finalmente, encuentran que la desigualdad de ingreso sí afecta negativamente al crecimiento, especialmente en los países en desarrollo. Por último, no sólo consideran esta desigualdad de ingreso, sino que amplían su análisis a la desigualdad de riqueza, la cual resulta aún más perniciosa para el crecimiento.

Este párrafo, tomado literalmente es correcto, y no creo que pueda dudarse que esta es la conclusión del artículo de Neves. Pero dentro de esta conclusión, sigue cabiendo disputar el efecto de los diferentes canales de desigualdad (El trabajo que hacen Castells-Quintana y Royuela), por tanto no es del todo preciso.

Cuando intenta medir, de forma individual, el efecto de la desigualdad en distintas parte de la distribución sobre el crecimiento, obtiene que ninguno de estos es significativo. Pero es que tampoco encuentra ningún efecto cuando incluye las tres medidas de desigualdad a la vez (Gini, ratio 50/10 y ratio 90/75). Aunque las tres, en conjunto, aportan “información” a esta relación, individualmente ninguno de los coeficientes muestra una relación distinta de cero. Realiza otras dos pruebas incluyendo pares de estas medidas (Gini con 90/75, y 90/75 con 50/10). Una vez más encuentra resultados que no son concluyentes. Es decir, en unos casos no encuentra relación, en otros encuentra que puede haber un efecto positivo y otro negativo (el ratio 90/75 y el Gini), y en otros encuentra que la desigualdad “en la parte alta”  de la distribución no tiene ningún efecto mientras el efecto de “la parte baja” tiene un impacto negativo sobre el crecimiento.

Tras hacer estas pruebas, procede a utilizar un método de estimación alternativo y encuentra que el ratio 90/75 es significativo y positivo al incluirlo, de nuevo por pares, junto al Gini y el ratio 50/10. Este último método, como se explica más abajo, necesita una cantidad de países y años observados suficientemente grande como para “sacarle” información a lo que estamos observando. Claramente este es un punto que juega en contra de Voitchovsky, donde algunas de las especificaciones más relevantes (entre ellas la comentada en este párrafo) cuentan con 60 observaciones para 21 países. En resumen: la autora encuentra efectos negativos de la desigualdad sobre el crecimiento cuando se concentran en la parte baja de la distribución, y positivos cuando ocurre en la parte alta, pero dista de ser una relación concluyente como para tomarla con demasiado aplomo. La relación es tan compleja que, de hecho, el artículo de Dabla-Norris et al., a pesar de utilizar quintiles de renta en lugar de ratios, encuentra que una mayor acumulación en la parte alta de la distribución es negativa para el crecimiento mientras un mayor peso de las rentas bajas (clases medias) contribuye positivamente.

Este comentario es bueno: y además cabría decir que los resultados de Voitchvosky podrían deberse a un intento de overfitting: dado un conjunto de datos y un número suficientemente alto de especificaciones diferentes, uno puede encontrar muchas veces relaciones que, con un conjunto de datos más amplio, realmente son irrelevantes. La muestra de países que emplea se sitúa en la mediana de los trabajos cubiertos por el meta-análisis de Neves, luego no es difícil encontrar un trabajo con más observaciones, cosa que hacen Hidalgo et al.

Por otra parte, el trabajo de Dabla-Norris no es claro que contradiga a Voitchovsky: La tabla 1 (página 7) señala que existe una correlación positiva y significativa (Al 5%) entre el crecimiento y la renta de los dos primeros quintiles. Pero a partir de ahí, los resultados dejan de ser significativos. Para el tercer quintil, la relación es positiva al 10%. Para el cuarto quintil, ya ni es significativa, y para el quinto, es negativa, pero al 10%, y 4.5 veces más débil que el efecto del primer quintil.

Respecto a la relación entre estas dos variables según el tipo de país, un trabajo relevante que destaca tanto por el diseño de la estrategia empírica como por utilizar datos más completos es el enlazado arriba de Herzer y Vollmer. Estos autores utilizan un panel formado por una muestra de 46 países desde 1970 a 1995, generando un número total de 1.196 observaciones  -algo lejos de las 60 con las que cuenta Voitchovsky-. Al hacer distinción entre países desarrollados, en desarrollo, democráticos o no, encuentran que para todos los sub-grupos el efecto de la desigualdad en el crecimiento del PIB per cápita a largo plazo es negativo.

Esto es cierto, pero aquí hay que reseñar que otro trabajo – aún no publicado, es cierto – de Chletsos y Fauros (2016) donde tienen en cuenta una muestra más grande aún: 126 países, desde 1968 hasta 2007 y varias técnicas de estimación. Esto da lugar a un número menor de observaciones – alrededor de 500 – pero cada observación es la media de 5 años (2500 observaciones iniciales), a diferencia de Herzer-Vollmer que toman cada año con una observación independiente. Este estudio encuentra una relación positiva entre desigualdad y crecimiento. Naturalmente, no hay por qué dar este estudio por bueno: no está publicado y sólo es un estudio, no toda la literatura, pero ilustra que no sólo estudios con muestras pequeñas son los que dan resultados positivos. Es posible que una razón para este diferente resultado son los controles que ambos autores usan. El tipo de controles en cada artículo no se tuvo en cuenta en el meta-análisis de Neves.

Hay que señalar también que el efecto corregido por sesgos de publicación del trabajo de Herzer-Vollmer (Puede encontrarse en el meta-análisis de Never et al.) es de -0.0064, algo inferior al resultado que encuentran directamente. Con todo, la magnitud que encuentran directamente (-0,01) es similar a la que calculamos nosotros a partir de la tabla 4 más abajo.

El problema con el tercer trabajo que se menciona, Kolev y Nieuhes (2016), es la dificultad de considerarlo relevante. Dos trabajos anteriores de similares ejercicios, Ostry et al. (2014) y Cingano (2014) mostraban una relación negativa entre crecimiento y desigualdad. En ambos casos se estimaban relaciones econométricas que trataban de eliminar lo que en este mundo llamamos sesgo. Esto quiere decir que la correlación (o causalidad) negativa o positiva entre dos variables pueden estar estimadas erróneamente como consecuencia de la existencia de información limitada o cruzada entre variables que pueden “ocultar” la realmente existente. Es como si tuviéramos empañados los cristales de las gafas.

Lo interesante de estas técnicas es que limpiar esos “cristales” es factible, aunque se suele exigir una serie de requisitos, algunos que no vamos a explicar aquí. Entre ellos que el número de países (N) y el número de años (T) en la estimación sea la mayor posible. Condición muy necesaria aunque no suficiente. Así, Ostry dispone de información para 189 países desde 1960 hasta 2010, siendo de los tres el que sin duda reporta más heterogeneidad en la información disponible, lo que optimiza la cantidad de información necesaria para estimar los resultados que se buscan. Por el contrario, además de que Kolev y Nieuhes no reproducen exactamente el mismo trabajo que Ostry, y que los resultados econométricos no están sometidos a un amplio análisis de robustez, la muestra es mucho menor, es decir, T y N son menores. Esto tiene implicaciones en la estimación: para poder saber quién se mueve necesitamos que lo haga mucho (N) y durante mucho tiempo (T). De hecho, replicando el trabajo de Kolev y Nieuhs con datos de Ostry aún se encuentra relación negativa excepto cuando la muestra baja de 300 datos, lo cual es llamativo y señala que los resultados de estas dos economistas muy posiblemente están condicionados por el tamaño de la muestra.

La crítica es la anterior: ausencia de estudio de robustez y bajo número de años y número de países estudiados. Pero ya hemos visto que esta crítica no se sostiene. Dan por bueno el trabajo de Ostry et al (189 países, desde 1960 hasta 2010) y el de Cingano pero no el de Kolev (113 países  desde 1960 hasta 2010 . El periodo es el mismo y son 70 países menos, es cierto. Sobre Cingano, Kolev justo trata de extender y corregir el análisis de Cingano. Citarle sin explicitar más qué problema hay con el trabajo de Kolev es decir poco.

El trabajo de Ostry  (FMI) no lo discute Kolev, más allá de decir que el impacto de la desigualdad está entre -0.14 y -0.07 (puntos percentuales por punto de Gini), y que las sociedades menos igualitarias redistribuyen más, y esto a su vez reduce el crecimiento. El paper de Ostry es interesante por algo que no ha salido en el debate y que merece un estudio aparte: los autores afirman que, salvo en casos extremos, la redistribución induce un mayor crecimiento.

Los autores señalan en sus conclusiones que “nuestros resultados señalan, en línea con la literatura, que la alta desigualdad posee un efecto negativo en el crecimiento a largo plazo”. Estos descomponen el efecto de la desigualdad sobre el crecimiento aislando el efecto de la igualdad de oportunidades y de resultados a través de la incorporación explícita de los canales de transmisión de cada tipo de desigualdad sobre el crecimiento económico. Específicamente, encuentran un efecto negativo y otro positivo de la desigualdad sobre el crecimiento tal y como lo plantea la hipótesis inicial, pero el efecto negativo explica aproximadamente el 80% de la desigualdad. Al promediar ambos efectos ponderando por su impacto sobre la desigualdad, encuentran un efecto neto negativo sobre el crecimiento cuya magnitud está en línea con la literatura previa. Es decir, a pesar de que exista un componente “positivo” de la desigualdad, Castells-Quintana y Royuela muestran que empíricamente  dicho efecto es contrarrestado por el efecto negativo asociado a la desigualdad de oportunidades.

Aquí se repite lo ya dicho antes: que en agregado la desigualdad es negativa (predomina el canal negativo en un 80%). Pero afinando más, dentro de esa desigualdad en agregado, es cierto tipo de desigualdad la que señalan como problemática, no toda.

Comentarios finales sobre desigualdad, crecimiento y sectarismo académico (Rallo)

  1. Un meta-análisis de los papers que estudian la relación entre desigualdad de renta y crecimiento concluye que la misma es estadísticamente significativa, pero no económicamente relevante (Neves et alii 2016)

Mismo comentario que antes

  1. Celebro que se reconozca que, en términos medios, el conjunto de papers publicados sobre esta cuestión sostienen que la desigualdad tiene efectos irrelevantes sobre el crecimiento económico, cosa que evidentemente no significa que cualquier desigualdad sea irrelevante sobre el crecimiento. El efecto hallado por el conjunto de papers, no corregido por sesgos, es de una reducción de 0,015% puntos del PIB por cada punto de aumento del Gini. Para encontrar un resultado análogo puede consultarse (Dominicis 2008).
  1. Los resultados anteriores deben, en efecto, corregirse por los sesgos de publicación: Neves et alii detectan dos sesgos como relevantes (sesgo de relevancia estadística y sesgo de patrón temporal). Sin embargo, la corrección de estos sesgos no sólo no aumenta el efecto negativo de la desigualdad sobre el crecimiento, sino que lo reduce: por ejemplo, la corrección del sesgo por relevancia estadística minora el efecto negativo de la desigualdad a 0,0062% puntos menos del PIB por cada punto de incremento del Gini. Prácticamente nada.

Sobre la desigualdad de riqueza se ha hablado poco en el debate, con la salvedad de que es más perniciosa que la de renta, y en este sentido Rallo aporta un paper que señala que sólo cierto tipo de desigualdad de riqueza es perjudicial para el crecimiento, ocurriendo lo mismo que con la renta.

Interpretando la tabla 4

La interpretación de los coeficientes de la tabla 4 del trabajo de Neves supuso varios días de debate entre los implicados:

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Hidalgo et al. apuntan a que los coeficientes sólo señalan cuán significante es cada factor, NO que tal tabla sea una estimación directa del efecto de la desigualdad. La variable dependiente es t’ (Que es un tamaño de efecto dividido por una medida normalizada de la varianza, omega). Pero puede apuntarse también a que las variables también están normalizadas de la misma manera, y que si es así, puede inferirse que esos coeficientes se refieren al efecto de la desigualdad sobre el crecimiento, como apunta Rallo. Para salir de dudas, recurrimos a la sencilla operación de preguntarle por correo a Pedro Cunha Neves, copiamos su respuesta traducida:

Dado que todo el modelo ha sido dividido por los errores estándar (omega), los coeficientes mantienen su interpretación usual. Por ejemplo, -0.0327 es el efecto estimado de la desigualdad en el crecimiento, cuando todas las variables moderadoras son iguales a cero; esto es, cuando todas las variables moderadoras son iguales a cero, un incremento del índice de Gini de 10 puntos reduce el crecimiento en 0.327 puntos porcentuales. Y, por ejemplo, -0.0055 es la reducción en el efecto estimado de la desigualdad sobre el crecimiento causado por usar datos de sección transversal en vez de un panel de datos, manteniendo las otras variables constantes. Y así sucesivamente…

Por tanto, si aceptamos la palabra del autor del meta-análisis sobre la interpretación de su propio trabajo, Rallo tiene razón.

Supongamos pues que queremos calcular el efecto de la desigualdad sobre el crecimiento a partir de la tabla 4. Partimos de la constante (-0.0327). Ignoramos las variables del tiempo (por ser pequeñas y dificultar la interpretación) y las no significativas. Podemos asumir (1) que el estudio es de un estudio de una sección transversal o no (0), lo que nos añadirá (-0.0055). Controlamos por dummies regionales(1), ya que la cada país quizá tenga dinámicas diferentes, añadiendo (0.0208). Asumimos países desarrollados (0) lo que nos suma nada al ser cero el dummy. Asumimos (1) que el estudio investiga la desigualdad de renta, añadiendo (0.0127). Podemos asumir (1) o no (0) que nos fijamos en la renta bruta o tanto la renta bruta como el gasto (-0.0069). El resultado es que en estos supuestos,

Estudio Efecto Impacto en crecimiento de PIB de un incremento x10 GINI (pp)
Estudio transversal, renta bruta -0,0116 -0,116
Estudio de panel, renta bruta -0,0061 -0,061
Estudio transversal, renta bruta y gasto -0,0047 -0,047
Estudio de panel, renta bruta y gasto 0,0008 0,008

El peor de los casos, el primero, tiene un tamaño de efecto similar al que Neves apunta como económicamente irrelevante. Por tanto, la conclusión del artículo es que para países desarollados, la desigualdad de renta no tiene efectos económicamente relevante sobre el PIB. Asumiendo una tasa de crecimiento anual del PIB del 2% y una escala de tiempo de 20 años, el PIB sería el 98% del que sería sin desigualdad. Recordemos que en crecimiento exponencial, pequeños cambios pueden hacer variar bastante la tendencia a largo plazo. El efecto, empero, se vislumbra bastante pequeño. Este es un efecto medio, y no debe usarse para estudiar el caso de un país concreto, pero puede dar una idea inicial.

Estudiando la causalidad

El debate se ha centrado fundamentalmente en si la desigualdad (o qué subtipos de desigualdad) afecta y en qué sentido al crecimiento. Pero resulta también de interés estudiar los mecanismos por los que esto puede suceder. A fin de cuentas, si se concluye que la desigualdad tiene efecto, pero no es encuentra evidencia de cómo lo tiene, esto puede tomarse tanto como evidencia de que hay que investigar más sobre los canales causales del impacto de la desigualdad, o como evidencia de la falta de robustez de los resultados que indican que sí hay una relación causal.

Neves at al. (2013) realizaron un análisis de los factores causales que median la relación entre desigualdad y crecimiento. Información adicional podemos encontrarla en Klasen et al. (2016).

Habría cuatro canales principales: imperfección del mercado de crédito, política fiscal, inestabilidad sociopolítica, y ahorros.

  • Imperfeción del mercado de crédito: Si las hay, habrá dificultades para que los más pobres inviertan, o adquieran educación. Esto conduce a que oportunidades de inversión no se hagan efectivas y a que los pobres con altas capacidades no puedan educarse y por ende no desarrollar todo su potencial, lo que reduce el crecimiento. El último artículo citado en su revisión data de 1999.
  • Política fiscal: Según la teoría del votante mediano, cuanto menos el grado de desigualdad, el votante mediano querrá y conseguirá menores impuestos: En el límite, si todo el mundo tiene la misma renta, la redistribución carece de sentido. Es decir, una mayor desigualdad generaría un mayor gasto público e impuestos, y esto reduciría el crecimiento. Otros autores apuntan a que una mayor desigualdad da un mayor poder a los ricos en la política (lobbying, financiación de campañas políticas, mayor propensión a votar, etc), y esto invierte la relación entre desigualdad y redistribución.
  • Inestabilidad sociopolítica: Es un mecanismo de dos etapas. Primero, la desigualdad genera inestabilidad política. Ésta afecta negativamente al crecimiento via una menor inversión. Por inestabilidad política, se refieren a a una mayor volatilidad en las políticas públicas, generando incertidumbre régimen.
  • Ahorros: Aunque pudiera pensarse que los ricos, al ahorrar más, generarán un mayor crecimiento económico si controlan más renta, algunos modelos sugieren que la relación varía de positiva, a negativa, a inexistente, mediada por el desarrollo de los mercados financieros.

Neves et al. señalan que la evidencia tras estos canales es relativamente tenue o no concluyente, siendo algo más robusto la del canal de inestabilidad sociopolítica.

Ostry et al. (2014) añaden otro canal más:

  • Efecto sobre el ciclo económico: Apoyándose en Rajan (2010) y Stiglitz (2012) señalan que la desigualdad puede favorecer el endeudamiento de los pobres (para tratar de mantener el ritmo de los más ricos), y favorecer políticas que terminen facilitando crisis económicas.

Y añaden evidencia más reciente al canal de la inestabilidad social: Persson y Tabellini, 1994; Easterly, 2007; Berg, Ostry y Zettelmeyer, 2012).

Inestabilidad económica

Centrémonos pues en estudiar las hipótesis de Rajan, Stiglitz, y el canal de la inestabilidad.

La de Stiglitz, en principio, parece fácil de comprobar: si hay un país avanzado con un grado relativamente alto de desigualdad y un debate abierto sobre el impacto de los ricos en la política es Estados Unidos. Si bien la tesis de la influencia masiva de los ricos es popular, hace ya más de una década que sabemos que es muy difícil comprar elecciones (en países desarrollados, Ansolabehere et al. 2002). Pero quizá los ricos influencien la política de alguna otra manera. De hecho, hace unos años, Martin Gilens publicó un trabajo (Gilens y Page, 2014)  donde parecía demostrar que, efectivamente, la influencia de los ricos es desproporcionada (Esto no tiene por qué ser malo dados los valores del lector). Dos años después, empero, es bastante dudoso que sus conclusiones fuesen ciertas. Si esto es así, a fortiori es razonable pensar que será así en aquellos sistemas donde la desigualdad y la influencia de los ricos en el proceso de policy making sean menores.

La hipótesis de Rajan en particular es que la desigualdad en EEUU incrementó la presión por una mayor redistribución, que terminó canalizándose en ayudas a la compra de vivienda, incrementando el endeudamiento entre familias que, sin ellas, no podrían permitírselas. La hipótesis puede a su vez dividirse en dos: que la desigualdad aumente el endeudamiento de las familias, y que el endeudamiento de las familias incremente el riesgo de una crisis financiera. La primera presenta evidencia contradictoria. (Yamarik et al. 2016Coibion et al. 2017). Por otro lado, el mecanismo de Rajan no parece haberse dado fuera de Estados Unidos -si es que se ha dado-. En Reino Unido, la desigualdad se mantuvo constante en el periodo 1990-2008, y la renta de los deciles más bajo creció durante ese periodo, y aún así se produjo una burbuja inmobiliaria.

También puede estudiarse la hipótesis directamente: ¿Contribuye la desigualdad a las crisis económicas? Bordo y Meissner (2012) rechazan la hipótesis estudiando datos de la OECD. Gu y Huang (2014), usando una muestra similar a la de Bordo y Meissner concluyen que en algunos casos sí existe tal relación, aunque ellos mismos reconocen que “Es natural que nuestro resultado difiera del de Bordo y Meissner (2012) debido a la adopción de diferentes subconjuntos de datos y diferentes modelos de regresión. Ciertamente, diferentes estimadores o especificaciones darán lugar a resultados diferentes en términos de valores estimados y su significancia. Por tanto, los resultados de su trabajo y el nuestro deberían interpretarse con precaución, indicando que aún no estamos seguros si una desigualdad creciente conduce a una crisis financiera en general.”

Morelli y Atkinson (2017) señalan que la evidencia no apoya una relación entre desigualdad y crisis económica. Sin una teoría sólida de cómo suceden los ciclos económicos y cómo encaja la desigualdad ahí, identificar la causalidad de las distintas variables implicadas es bastante complicado.

Si la evidencia para el canal de las crisis económicas es tenue o inexistente, quizá podamos encontrar algo más sólido en el efecto de la desigualdad sobre la estabilidad social.

Inestabilidad social

Volviendo a Ostry et al., Persson y Tabellini (1994) señalan un efecto negativo de la desigualdad sobre el crecimiento en democracias avanzadas. El canal de transmisión no es exactamente un deterioro de la convivencia social, sino que la desigualdad motivaría políticas contrarias de los derechos de propiedad y redistribución, y esto reduciría el crecimiento. Si bien no se centran principalmente (la sección  en la que tratan de estudiar estos canal concluye con que su evidencia es débil) en estudiar estos canales (estudian directamente el impacto de la desigualdad en el crecimiento), aportan evidencia de que estos canales sí son funcionales. En concreto, estudios que apuntan a que una mayor desigualdad motiva una mayor redistribución, y que una mayor redistribución motiva un menor crecimiento -resultado contrario, por cierto, al de propio Ostry et al.- El paper cuenta con sólo unas 55 observaciones.

Easterly (2007) tampoco estudia el efecto de la inestabilidad directamente, aunque menciona el canal en su estudio de la literatura. Encuentra que la desigualdad predice peores instituciones. (Un aumento de 9 puntos del Gini reduce la calidad institucional en una desviación estándar)

Berg, Ostry y Zettelmeyer (2012) encuentran que la desigualdad de renta afecta negativamente al crecimiento, pero no estudian si la desigualdad afecta a la inestabilidad social.

En esta entrada posterior del debate en el blog New Deal aportan algunos trabajos que apoyan este canal. Citan cuatro trabajos (El de Easterly 2007 ya lo hemos comentado)

El primero, Alesina y Perotti (1996) construye un índice de inestabilidad política agregando: asesinatos políticos, número de personas asesinadas en conjunción con fenómenos de violencia masiva, número de golpes de Estado exitosos, número de golpes de Estado fallidos, y si el Estado en cuestión es o no una dictadura. Se deja al lector interpretar la relevancia de esto para países desarrollados. Concluyen que el tipo de inestabilidad que afecta al crecimiento es aquella que se manifiesta de formas violentas. La desigualdad, en su modelo, genera esto. Pero no parece ser aplicable a países desarrollados, quizá porque la clase media ya cuenta con suficiente riqueza (en su modelo esto reduce el impacto).

El segundo, Barro (2000), que concluye que la desigualdad perjudica el crecimiento en países pobres y lo alienta en países ricos no analiza el efecto de la desigualdad sobre el malestar social, mencionándolo únicamente como un posible canal y citando papers anteriores.

Finalmente Ehrart (2009) apunta a que el canal de la inestabilidad política tiene apoyo empírico de la literatura , citando entre otros a Alesina, Peroti y Gupta (quien también considera la violencia contra el régimen, por parte del régimen o dentro del régimen como inestabilidad política). Señala también otras formas de inestabilidad, como inseguridad de los derechos de propiedad, la manipulación del sistema electoral, y el aumento del crimen. Otros estudios (Bourguignon 1999) aportan evidencia de que la desigualdad de renta incrementa el crimen.

Pero si nos acercamos más al año presente, otros trabajos encuentran el efecto opuesto. Corneo y Neher (2012), estudiando 34 países de la OCDE durante 30 años, no encuentran efectos de la desigualdad en la honestidad, altruismo, sentido cívico, un efecto pequeño en la obediencia y la tolerancia, y un efecto positivo en la ética del trabajo. Caveat lector: estos autores miden los valores que la gente dice tener, no miden el comportamiento de la gente. Tampoco los encuentran Fairbrother y Martin (2012) en EEUU.

Crimen

Sobre desigualdad y crimen, Nivette (2011) lleva a cabo un meta-análisis de los posibles determinantes del crimen a escala nacional. La desigualad resulta ser un predictor potente, sólo por detrás de ser una nación latinoamericana

Pridemore (2011) y Pare y Felson (2014) encuentran que si se corrige por pobreza, los efectos de la desigualdad se desvanecen, argumentando que las correlaciones encontradas hasta la fecha pueden ser espurias.

Oulmet (2012) llega a la misma conclusión, y la correlación se mantiene incluso en aquellos países con un alto índice de desarollo humano, aunque la correlación no es estadísticamente significativa. (Sí lo es en toda la muestra, y en el conjunto de los países con un desarrollo medio)

Trent y Pridemore (2012)  hacen una revisión de la literatura de los determinantes sociales del homicidio, y señalan que efectivamente la asociación desigualdad-homicidio se ha convertido en un ‘hecho estilizado’ generalmente aceptado, pero señalan que hay evidencia preliminar de que una vez se controla por pobreza (aunque hay pocos estudios que lo hacen), la desigualdad deja de ser un predictor importante. Hay que remarcar, no obstante, que aceptan como válida tentativamente la asociación desigualdad-homicidio, conclusión compartida por la revisión de Koeppel, Rhineberger-Dunn y Mack (2013).

Finalmente, un meta-análisis (Rufrancos et al. 2013) confirma la relación para desigualdad-crimen contra la propiedad, siendo la relación desigualdad-crimen contra la persona más compleja.

Finalmente, una derivada reciente de la literatura sugiere que lo que afectaría al crimen no es tanto la desigualdad, sino la visibilidad de la misma (Hicks y Hicks 2014). Aquí hay que señalar que la gente no tiene mucha idea de lo desigual que es su sociedad (Gimpelson y Treisman, 2015)

Instituciones

Chong y Gradstein (2007) señalan primero el hecho de la correlación entre malas instituciones y desigualdad de renta, y plantean la posibilidad de que exista causalidad en ambas direcciones, admitiendo que el canal desigualdad->malas instituciones domina al canal contrario.

Savoia, Easaw y McKay (2010) repasan la literatura sobre el impacto de la desigualdad económica y política en las instituciones. Señalan que hace falta investigar más, en tanto la relación entre instituciones económicas, democracia, y desigualdad económicas no está bien documentada. Con ese caveat, la literatura indica que la desigualdad económica y política puede afectar a las instituciones a través de fenómenos de captura de rentas, donde las élites son capaces de comprar el aparato estatal y diseñar políticas que les favorecen frente al resto de la población. Como ejemplo claro de este mecanismo citan la Rusia post-transición. Otro mecanismo es la exacerbación de conflictos distributivos.

Conclusión

Tras este intercambio, ¿Qué debería pensar uno sobre la relación entre desigualdad y crecimiento?

Para empezar, la del consenso de la literatura: que sabemos poco y que hay que hilar fino para hacer afirmaciones sobre la relación entre la desigualdad y el crecimiento. A día de hoy no hay un consenso decidido sobre si la desigualdad afecta negativa o positivamente al crecimiento. Tentativamente, en base al meta-análisis de Neves et al. podemos concluir que el impacto en países desarrollados es negativo, pero muy pequeño. 

Sobre los canales individuales que vinculan desigualdad y crecimiento, la evidencia respalda el canal del crimen y de forma más tenue el del deterioro institucional, todo ello considerando países avanzados. Los otros canales no encuentran mucho soporte empírico. Sería interesante investigar más sobre estos dos canales, cosa que no hemos hecho aquí más allá de una primera pasada por la literatura reciente.

El mal entendimiento del efecto de la desigualdad sobre el crecimiento y los canales que relacionan ambas variables puede llevar a proponer políticas que supongan un despilfarro, dados los valores de aquellos que las proponen. Por ejemplo, más allá de ciertos básicos, aumentar la escolarización no aumenta el crecimiento económico.

La obsesión con la desigualdad en la era post-Piketty nos recuerda a la moda de hace unos años de exigir una mayor inversión en programas educativos de preescolar, argumentando que los retornos de tales políticas eran enormes en tanto mejoraban las habilidades cognitivas de los niños. El Premio Nobel James Heckman fue uno de los mayores impulsores de esta política, que encontró apoyo entre la mayoría de los policy wonks. Pero años después, los efectos de esta política no están tan claros , existiendo incluso sesgos de publicación en la literatura. Los resultados de Piketty, de igual manera, se han visto cuestionados, hasta el punto de que ha tenido que retractarse de algunas de sus conclusiones, incluyendo la aparente primacía del mecanismo r>g en la explicación de la dinámica de la desigualdad. Idéntico resultado para el Spirit Level de Wilkinson y Pickett. No sólo la muestra de sus datos es dudosa, sino que a día de hoy no se ha demostrado que el mecanismo que postularon para explicar el impacto de la desigualdad sobre diversas variables – ansiedad de estado (status anxiety) sea tan fuerte como para explicar sus correlaciones.

Para terminar, unas consideraciones sobre los trabajos del FMI y la OCDE sobre los que orbita el debate.

¿Tienen sentido los números de los estudios de Ostry (FMI) y Cingano (OCDE)? En los últimos 60 años, los países que más ha reducido su desigualdad (medida según el Gini, casi 10 puntos) han sido países como Francia o Italia, y no han experimentado un incremento obvio en el crecimiento (Acaso, lo contrario), especialmente. Por supuesto, podrá argumentarse que otros factores han contrarrestado esto. Pero esto es difícil: Si nos creemos el trabajo de Ostry o Cingano (O si lo interpretamos de manera simplista), el crecimiento debería haberse incrementado progresivamente hasta alcanzar 0.1*10=1 punto porcentual extra al año, un efecto 10 veces más grande que el indicado por el meta-análisis de Neves(!) (Tabla 3, modelo 4), que es una cifra inmensa si uno atiende a horizontes temporales elevados. Tal incremento debería haberse notado, salvo que uno postule una fuerza relativamente potente en la dirección de menor crecimiento que sólo haya afectado a estos países.

Por otro lado, Suecia incrementó su Gini entre 1980 y 2010 en 12 puntos. Esto debió de haberse reflejado, a la larga, en una minoración del crecimiento de unos  1.2 puntos porcentuales al año. Pero tampoco parece haber cambiado desde su tendencia a largo plazo. ¿Por qué? Quizá porque los efectos positivos y negativos se hayan cancelado mutuamente o porque ambos efectos sean muy pequeños en países desarrollados, como apunta Neves o quizá porque extrapolar un resultado agregado no sea válido para un país concreto.

En esta entrada no hemos estudiado políticas para reducir la pobreza o la desigualdad, o alentar el crecimiento económico, pero la discusión de arriba apoya la tesis de que si uno busca un mayor crecimiento, no debe buscarlo en una mayor igualdad (en países desarrollados), sino en otro sitio.

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