La injusta guerra contra las drogas en América

Traducción del artículo ‘AMERICA’S UNJUST DRUG WAR‘ de Michael Huemer (2004) al castellano.


¿Debería el consumo recreativo de drogas como la marihuana, cocaína, heroína y LSD, estar prohibido por ley? Los Prohibicionistas responden que sí. Normalmente argumentan que el consumo de drogas es extremadamente perjudicial para los consumidores de drogas y la sociedad en general, e incluso posiblemente inmoral, y creen que estos hechos proporcionan razones suficientes para la prohibición. Los Legalizadores responden que no. Ellos normalmente dan uno o más de tres argumentos: Primero, algunos argumentan que el consumo de drogas no es tan perjudicial como los prohibicionistas creen, y a veces es incluso beneficioso. Segundo, algunos argumentan que la prohibición de las drogas “no funciona”, esto es, no es demasiado exitosa en prevenir el consumo de drogas y/o tiene una serie de muy malas consecuencias. Finalmente, algunos argumentan que la prohibición de las drogas es injusta o viola derechos.

No voy a intentar analizar todos estos argumentos aquí. En lugar de ello, me voy a centrar en lo que me parecen los tres argumentos más prominentes en el debate sobre la legalización de las drogas: primero, el argumento de que las drogas deberían ilegalizarse debido al daño que causan a los consumidores de drogas; segundo, el argumento de que deberían ser ilegalizadas a causa de que dañan a otras personas que no son el consumidor; y tercero, el argumento de que las drogas deberían ser legalizadas  ya que la prohibición de las drogas viola derechos. Me centraré en las cuestiones morales/filosóficas que los argumentos plantean, en vez de las cuestiones médicas o sociológicas. Voy a mostrar que los dos argumentos a favor de la prohibición fracasan, mientras que el tercer argumento, a favor de la legalización, es exitoso.

I. Las drogas y el Daño a sus Consumidores

El primer argumento principal a favor de la prohibición mantiene que las drogas deberían ser prohibidas ya que el consumo de drogas es extremadamente perjudicial para los propios usuarios, y la prohibición disminuye la tasa de consumo indebido de drogas. Este argumento asume que la función legítima del gobierno incluye prevenir que las personas se dañen a sí mismas. De este modo, el argumento es algo así:

  1. El consumo de drogas es muy perjudicial para sus usuarios.
  2. El gobierno debería prohibir que las personas hagan cosas que les dañen a sí mismas.
  3. En consecuencia, el gobierno debería prevenir el consumo de drogas.

Obviamente, la segunda premisa es esencial para el argumento; si creyera que el consumo de drogas es muy perjudicial, pero no pensara que el gobierno debería prohibir que las personas se dañen a sí mismas, entonces, no tomaría esto como razón para prohibir el consumo de drogas. Es más, la premisa (2), si se acepta sin reservas, es extremadamente implausible. Considere algunos ejemplos de cosas que las personas hacen que son perjudiciales (o conllevan el riesgo de daño) para ellas mismas: fumar tabaco, beber alcohol, comer demasiado, conducir motocicletas, tener sexo sin protección o promiscuo, mantener relaciones con novios y novias desconsiderados o abusivos, llegar al tope de sus tarjetas de crédito, trabajar en puesto sin futuro, dejar la universidad, mudarse a Nueva Jersey, y ser maleducados con sus jefes. ¿Debería el gobierno prohibir todas estas cosas?[1] La mayor parte de nosotros estaría de acuerdo en que el gobierno no debería prohibir ninguna de estas cosas, por no hablar de todas ellas. Y esto no es meramente por razones logísticas o prácticas; más bien, pensamos que controlar estas actividades no es tarea del gobierno.

Puede que el prohibicionista argumentarse, no que el gobierno debería prohibir  todas las actividades que son perjudiciales para uno mismo, pero que debería prohibir las actividades que son perjudiciales para uno mismo de cierta forma, o hasta cierto grado, o que también tengan alguna otra característica. Entonces corresponderá al prohibicionista explicar cómo el daño del consumo de drogas (a los consumidores) difiere de otros daños (para quienes incurran en ellos) de las otras actividades mencionadas más arriba. Vamos a considerar tres posibilidades.

(1) Una sugerencia sería que el consumo de drogas también perjudica a otras personas aparte del consumidor. Si, como voy a mantener, ni el daño a los consumidores de drogas ni el daño a otros justifica la prohibición, entonces, será poco plausible la sugerencia de que las combinaciones de daños justifican la prohibición. Por supuesto, uno podría mantener que se debe alcanzar cierto nivel de daño total antes de que la prohibición de una actividad esté justificada, y que la combinación del daño de las drogas a sus consumidores y su daño a otros sobrepasa este nivel, aún cuando ningún tipo de daño lo haga por sí mismo. Pero, si como voy a mantener, los argumentos del ‘daño a los consumidores’ y ‘el daño a otros’ fracasan por la razón de que no es tarea del gobierno aplicar sanciones criminales para prevenir los tipos de daños en cuestión, entonces la combinación de los dos daños no va a generar un caso convincente a favor de la prohibición.

(2) Una segunda sugerencia es que el consumo de drogas es generalmente más perjudicial que las otras actividades enumeradas anteriormente. Pero no parece haber razones para creer esto. Como una (ciertamente limitada) medida de daño, considere las estadísticas de mortalidad. La Office of National Drug Control Policy afirma que las drogas matan a 18.000 Americanos por año[2]. Por otro lado, se estima que el tabaco causa 440.000 muertes por año[3]. Por supuesto, hay más personas que consumen tabaco que personas que usen drogas ilegales[4], de forma que dividamos por el número de consumidores: el tabaco mata 15 personas por cada 1000 consumidores por año; las drogas ilegales matan 2,6 personas por cada 1000 consumidores por año[5]. Aún así casi nadie está a favor de ilegalizar el tabaco y encarcelar a los fumadores. De forma similar, la obesidad puede causar 420.000 muertes por año (a causa de un aumento de la incidencia de enfermedades cardíacas, ictus y demás), poniendo 11 personas en riesgo por cada 1000[6]. Los profesionales de la salud han advertido de una pandemia de obesidad, pero nadie, aún, ha pedido encarcelar a los gordos.

Hay otras formas menos tangibles del daño del consumo de drogas – merma de la calidad general de vida de uno. Estos son difíciles de cuantificar. Pero comparar la magnitud de la merma a la propia calidad de vida que uno puede causara través de, por ejemplo, dejar el instituto, trabajar en un trabajo sin futuro por diversos años, o casándose con un idiota –todas estas cosas pueden causar extremo y duradero detrimento del bienestar de uno. Aún así nadie propone encarcelar aquellos que dejan el instituto, trabajan en malos puestos de trabajo, o toman pobres decisiones matrimoniales. La idea de hacerlo parecería ridícula, claramente más allá de las prerrogativas del Estado.

(3) Otra sugerencia es que el consumo de drogas perjudica a los consumidores de forma diferente a las resto actividades enumeradas. Bien, ¿que tipo de daños causan las drogas? Primero, las drogas ilícitas pueden empeorar la salud de sus consumidores y, en algunos casos, implicar riesgo de muerte. Pero muchas otras actividades –incluyendo el consumo de alcohol, tabaco y de alimentos grasos; sexo; y (en una ámplia conceptualización de “salud”) automóviles– acarrean riesgos para la salud, y aun así casi nadie cree que estas actividades deberían ser criminalizadas.

Segundo, las drogas pueden dañar las relaciones del consumidor con otros– en particular su familia, amigos, y pareja – y dificultar que uno desarrolle relaciones personales más satisfactorias[7]. Ser maleducado con otros también puede tener este efecto; aún así nadie cree que deberías ser encarcelado por ser maleducado. Es más, es muy implausible suponer que las personas deberían estar sujetas a sanciones criminales por arruinar sus propias relaciones personales. No tengo una teoría general de qué acciones deben ser castigadas, pero considere el siguiente ejemplo: Suponga que decido romper con mi novia, dejar de llamar a mi familia, y alejarme de mis amigos. Hago esto sin ninguna buena razón –simplemente me apetece. Esto perjudicaría mis relaciones personales más que nada. ¿Ahora debería venir la policía y arrestarme, y meterme en la cárcel? Si no, ¿entonces por qué deberían arrestarme por hacer algo que sólo tiene una probabilidad de indirectamente llevar a un resultado similar? El siguiente parece un principio político razonable: Si estuviera mal (ya que no forma parte de las funciones legítimas del gobierno) castigas a las personas por ocasionar directamente algún resultado, entonces también estaría mal castigar a las personas en base a que la acción tiene la posibilidad de ocasionar este resultado indirectamente. Si el Estado no debe prohibirme que directamente rompa mis relaciones con otros, entonces el hecho de que mi consumo de drogas pueda tener el resultado de dañar estas relaciones no proporciona una buena razón para prohibirme consumir drogas.

Tercero, las drogas pueden dañar las finanzas de sus consumidores, costándoles dinero, causandoles la pérdida de sus trabajos o no encontrar trabajo, y previniendo que obtengan ascensos. El mismo principio aplica aquí: si fuera un abuso del poder del gobierno prohibirme que directamente me ocasione este tipo de consecuencias financieras negativas, entonces, sin duda, el hecho que el consumo de drogas puede indirectamente ocasionarlas no es una buena razón para prohibir el consumo de drogas. Suponga que decido dejar mi trabajo y lanzar mi dinero por la ventana, por ninguna razón. ¿Debería venir la policía y arrestarme, y ponerme en prisión?

Cuarto y último, las drogas puede dañar al carácter moral de sus consumidores, como James Q. Wilson cree:

[S]i creemos –como creo yo — que la dependencia de ciertas drogas que alteran la psique es una cuestión moral y que su ilegalidad se basa en parte en su inmoralidad, entonces legalizarlas socava, o elimina completamente, el mensaje moral. Este mensaje está en la raíz de la distinción entre la nicotina y la cocaína. Ambas son altamente adictivas; ambas tienen efectos físicos perjudiciales. Pero tratamos las dos drogas de forma diferente no sólo porque la nicotina es ya tan ampliamente usada que es difícil su prohibición, sino que su uso no destruye la humanidad esencial del consumidor. El tabaco acorta la vida de uno, la cocaína la degrada. La nicotina altera los hábitos de uno, la cocaína altera el alma de uno. El consumo abusivo de crack, no como el uso abusivo del tabaco, corroe aquellos sentimientos naturales de simpatía y deber que constituyen nuestra naturaleza humana y hacen posible nuestra vida social [8]

En este parágrafo, Wilson afirma que el uso de cocaína: (a) es inmoral, (b) destruye la humanidad de uno, (c) altera el alma de uno, y (d) corroe la simpatía y el sentido del deber de uno. Un problema con el argumento de Wilson es la falta de evidencia que apoye las afirmaciones (a)-(d). Antes de poner a gente en la cárcel por corromper sus almas, deberíamos requerir de alguna evidencia objetiva que sus almas de hecho se corrompen. Antes de poner a gente en prisión por ser inmoral, deberíamos requerir algún argumento que muestre que sus acciones son de hecho inmorales. Puede que todas las acusaciones de Wilson de inmoralidad y corrupción terminan con la acusación de que los consumidores de drogas pierden su sentido de la simpatía y deber – eso es, las afirmaciones (a)-(c) se basan en la afirmación (d). Y es plausible que los consumidores  frecuentes de drogas muestren un menor sentido de simpatía con otros y un menor sentido del deber y responsabilidad. ¿Esto provee de una buena razón para prohibir el consumo de drogas?

Otra vez, parece que uno no debería prohibir una actividad en base a que puede ocasionar indirectamente un resultado, a menos que fuera apropiado prohibir ocasionar directamente ese resultado. ¿Sería apropiado, y dentro de las funciones legítimas del Estado, castigar a las personas por no ser simpáticas y desobedientes, o por comportarse de forma no simpática o de manera desobediente? Suponga que Howard –aunque no es un consumidor de drogas–no simpatiza con otros. Cuando la gente intenta explicar a Howard sus problemas, él simplemente les dice que paren de quejarse. Cuando sus amigos y compañeros de trabajo le piden favores, son groseramente rechazados. Es más –aunque él no perjudica a otros de formas que fuesen contra  la ley en vigor– Howard tiene un pobre sentido del deber. No se molesta en llegar a la hora a su trabajo, ni se enorgullece de su trabajo; no da a caridad; no intenta mejorar su comunidad. En general, Howard es un individuo innoble y desagradable. ¿Se le debería meter en la cárcel?

Si no, entonces por qué se debería encarcelar a alguien meramente por hacer algo que tiene una probabilidad de convertirle en alguien como Howard? Si castigar a la gente por ser unos capullos es un abuso del poder estatal, entonces, el hecho de que las drogas puedan hacer que uno se convierta en un capullo no es una buena razón para prohibir el uso de las drogas.

II. Las drogas y el daño a terceros

Algunos argumentan que el consumo de drogas debe ser ilegalizado ya que el consumo de drogas perjudica a las familias, amigos y compañeros de trabajo del consumidor y/o la sociedad en general. Un informe por la Office of National Drug Control Policy dice:

Las democracias sólo puede florecer allí donde sus ciudadanos valoran su libertad y abrazan la responsabilidad personal. El consumo de drogas erosiona la capacidad del individuo de perseguir ambos ideales. Disminuye la capacidad del individuo de operar efectivamente en muchas esferas de la vida – como estudiante, padre, esposo, y empleador – incluso como compañero de trabajo o motorista. Y, mientras algunos afirman que representa una expresión de autonomía individual, el consumo de drogas es de hecho inímico a la libertad personal, produciendo una capacidad reducida de participar en la vida de la comunidad y la promesa de América[9].

Como mínimo uno de estos supuestos daños – conducción peligrosa – es claramente tarea del Estado. Por esta razón, estoy completamente de acuerdo que se debería prohibir que la gente conduzca bajo la influencia de drogas. ¿Pero y el resto de supuestos daños?

Retomemos al ciudadano hipotético Howard. Imagina que Howard – otra vez, por razones que no tienen nada que ver con las drogas – no valora la libertad, y no abraza la responsabilidad personal. No está claro lo que significa esto, pero, en buena medida, supongamos que Howard abraza una ideología política totalitaria y niega la existencia del libre albedrío. Culpa constantemente a otros por sus problemas e intenta evitar tomar decisiones. Howard es un estudiante universitario con un trabajo a tiempo parcial. Ahora bien, es un nefasto estudiante y trabajador. Casi nunca estudia y frecuentemente no entrega trabajos, como resultado de esto obtiene bajas notas. Como hemos mencionado anteriormente, Howard no se enorgullece de su trabajo Aunque no hace nada contrario a las leyes vigentes, es un padre y marido inatento y desconsiderado. Tampoco hace ningún esfuerzo para participar en la vida de su comunidad, o en la promesa de América. Preferiría quedarse en casa, viendo la televisión y maldiciendo el resto del mundo por sus problemas. Resumiendo, Howard hace todo tipo de cosas malas a su familia, compañeros de trabajo y la sociedad que la ONDCP dice que podrían ser consecuencia del consumo de drogas. Y gran parte de ello es voluntario.

¿Debería el Congreso aprobar leyes en contra de lo que Howard hace? ¿Debería la policía arrestarlo, y el fiscal perseguirlo, por ser un perdedor?

Otra vez, parece absurdo suponer que deberíamos arrestar y encarcelar a alguien por comportarse de estas formas, por indeseables que sean. Ya que el consumo de drogas sólo tiene la posibilidad de causar que uno se comporte de esas formas, es aún más absurdo suponer que deberíamos arrestar y encarcelar a la gente por consumo de drogas en base a que el consumo de drogas tenga esos potenciales efectos.

III. La injusticia de la prohibición de las drogas

El filósofo Douglas Hausak ha calificado la prohibición de las drogas como la mayor injusticia perpetrada en los Estados Unidos desde la esclavitud[10]. Esto no es una exageración. Si las leyes en contra de las drogas son injustas, tenemos a 450.000 personas injustamente encarceladas en cualquier momento dado[11].

¿Por qué pensar que las leyes en contra de las drogas son injustas? El argumento de Husaks invoca un principio con el que pocos podrían estar en desacuerdo: es injusto que el Estado castigue a las personas sin tener buenas razones para hacerlo[12].  Hemos visto al fracaso de las racionalizaciones comúnmente propuestas para la prohibición de las drogas. Si no hay nada mejor, entonces debemos concluir que los prohibicionistas no tiene una justificación racional para castigar a los consumidores de drogas. Hemos privado a cientos de miles de personas de sus libertades básicas y las hemos sujeto a severas y duras condiciones, sin ninguna buena razón.

Esto ya está muy mal. Pero quiero afirmar algo más potente: no es justo que estemos castigando a gente sin una buena razón para ello. Estamos castigando a personas por ejercitar sus derechos naturales. Los individuos tienen derecho a consumir drogas. Este derecho no es ni absoluto ni sin excepciones; suponga, por ejemplo, que existiera una droga que, una vez ingerida, causará que una proporción de usuarios, sin más capacidad de decisión, ataquen a otras personas sin provocación alguna. Creo que evitar que la personas consuman esta droga sería tarea del gobierno. Pero no existe ninguna droga que satisfaga esta descripción[13]. De hecho, aunque no tengo tiempo de entrar en la materia aquí, creo que esta claro que las leyes en contra de las drogas causan mucho más crimen que el que las drogas causan por ellas mismas.

La idea del derecho a consumir drogas deriva de la idea que los individuos son propietarios de sus propios cuerpos. Eso es, una personas tiene el derecho de ejercer control sobre su propio cuerpo –incluyendo el derecho a decidir como debe ser usado, y excluir a otros de usarlo– de forma similar a la que uno puede ejercer control sobre la (otra) propiedad de uno. Esta afirmación es algo vaga; aún así, podemos ver la idea general encarnada en la moralidad de sentido común. Esto explica porqué pensamos que otros no deberían dañarte físicamente o secuestrarte. Esto explica  por qué no aceptamos el uso de sujetos humanos que no consienten para experimentos médicos, incluso si los experimentos son beneficiosos para la sociedad –el resto de la sociedad no debe decidir usar tu propio cuerpo para sus propósitos sin tu permiso. Explica por qué algunos creen que las mujeres tiene un derecho a abortar –y porqué otros no. Los primeros creen que una mujer tiene el derecho a hacer lo que quiera con su propio cuerpo; los últimos creen que el feto es una persona distinta, y una mujer no tiene el derecho a dañar su cuerpo (el del feto). Virtualmente nadie disputa que, si el feto es meramente una parte del cuerpo de la mujer, entonces la mujer tiene el derecho a escoger si aborta o no; igual que virtualmente nadie disputa que, si el feto es una persona distinta, entonces la mujer carece el derecho a destruirlo. Casi nadie disputa que las personas tienen derechos sobre sus cuerpos, pero no sobre los cuerpos de los demás.

El derecho a controlar el propio cuerpo no puede ser interpretado como que implica un derecho a usar el cuerpo de uno de cualquier forma imaginable, al igual que no tenemos el derecho a usar nuestra (otra) propiedad de cualquier forma imaginable. Más importante, no debemos usar nuestros cuerpos para dañar a otros de ciertas formas. Pero el consumo de drogas parece ser un caso paradigmático del ejercicio legítimo del derecho a controlar el propio cuerpo. El consumo de drogas toma efecto en e inmediatamente alrededor del consumidor; los efectos más notables ocurren dentro del cuerpo del consumidor. Si consideramos el consumo de drogas como meramente alterar el cuerpo y mente de su consumidor, es difícil ver como alguien que cree en los derechos puede negar que está protegido por un derecho, por: (a) es difícil ver como nadie que cree en los derechos puede negar que los individuos tienen derechos sobre sus propios cuerpos y mentes, y (b) es difícil ver como nadie que cree en estos derechos podría negar que el consumo de drogas, considerado como meramente altera el cuerpo y mente del consumidor, es un ejemplo del ejercicio de los derechos de uno sobre su propio cuerpo y mente.

Considere dos formas en las que el prohibicionista podría objetar a este argumento. Primero, un prohibicionista podría argumentar que el consumo de drogas no altera meramente el  cuerpo y mente del propio usuario, pero también perjudica a la familia del consumidor, amigos, compañeros de trabajo, y sociedad. He respondido a este tipo de argumento en la sección II.  No toda forma en la que una acción puede decirse que ‘daña’ a otras personas hace a la acción merecedora de sanciones criminales. Aquí no necesitamos especificar un criterio general de qué tipos de daños hacen a una acción merecedora de criminalización; es suficiente  mencionar que hay algunos tipos de ‘daños’ que virtualmente nadie cree que justifiquen sanciones criminales, y estos incluyen los ‘daños’ que causo a otras personas por ser un mal estudiante, un trabajador incompetente, o un ciudadano apático[14]. Dicho esto, estoy de acuerdo con los prohibicionistas como mínimo hasta aquí: no se debería permitir a nadie conducir u operar maquinaria pesada bajo la influencia de drogas que menoscaben su habilidad para hacer esas cosas; ni se debería permitir ingerir drogas a las madres embarazadas, si se puede demostrar que esas drogas causan riesgos sustanciales a sus bebés (dejo de lado la cuestión de cuál debería ser el umbral de riesgo, al igual que las preguntas empíricas que conciernen el nivel de riesgo creado por las drogas ilegales – no conozco estas cosas). Pero, en la gran mayoría de casos, el consumo de drogas no daña a nadie de forma relevante –esto es, formas que normalmente tomaríamos como que perecen sanciones criminales– y no debería ilegalizarse.

Segundo, un prohibicionista podría argumentar que el consumo de drogas fracasa en cualificarse como un ejercicio de los derechos del consumidor sobre su propio cuerpo, ya que el individuo no está actuando de forma realmente libre a la hora de decidir si consume drogas. Puede que los individuos solo consuman drogas ya que han caído presos de algún tipo de coacción psicológica, ya que las drogas ejercen una atracción cual canto de sirena que distorsiona las percepciones de sus usuarios, por lo que los consumidores no se dan cuenta  de lo malas que son las drogas, o algo por el estilo. La forma de exacta de esta objeción no importa; en cualquier caso, el prohibicionista se enfrenta a un dilema. Si los consumidores no escogen libremente usar drogas, es injusto castigarles por usar drogas. Ya que si los usuarios no escogen libremente, entonces no son moralmente responsables de su decisión y es injusto castigar a una persona por hacer algo de lo que no es responsable. Pero si los usuarios escogen libremente  consumir drogas, entonces esta decisión es un ejercicio de sus derechos sobre sus propios cuerpos.

He intentado pensar en los mejores argumentos que podrían dar los prohibicionistas, pero de hecho los prohibicionistas se han mantenido misteriosamente silenciosos en esta cuestión. Cuando un país va a la guerra, se tiende a centrar en cómo ganar, dedicando escasa consideración por los derechos de las víctimas en el país enemigo. Similarmente, un efecto de que América declarara la “guerra” a los consumidores de drogas parece haber sido que los prohibicionistas casi no han reflexionado sobre los derechos de los consumidores de drogas. La gran mayoría ignoran la cuestión o la mencionan brevemente solo para descartarla sin argumento alguno[15]. En un intento de desacreditar a los legalizadores, la Office of National Drug Control Policy produjo la siguiente caricatura–

El fácil cinismo que ha crecido alrededor de la cuestión de las drogas no es un accidente. Sembrarlo ha sido el objetivo deliberado de una campaña durante décadas por los defensores de la legalización, críticos cuyo mantra es ‘nada funciona’ y cuya perspicacia parece ser que pueden evitar proponer lo inmencionable –un mundo donde las drogas sean omnipresentes y donde la adicción se dispararía– si se pueden esconder bajo la débil crítica de que los esfuerzos para controlar las drogas son ‘impracticables’.

— aparentemente negando la existencia de las cuestiones centrales que he analizado en este escrito. Parece razonable asumir que estos prohibicionistas no presentan una justificación para el derecho del Estado a intervenir por la fuerza con las decisiones de los individuos respecto a sus propios cuerpos.

IV. Conclusión

Sin dudas, la guerra en contra de las drogas ha sido desastrosa en muchos aspectos que otros pueden describir más detalladamente –en términos de sus efectos sobre el crimen, sobre la corrupción policial, y otras libertades civiles, por nombrar unos pocos. Pero más que esto, la guerra contra las drogas en esencia es moralmente indignante. Si tuviéramos que conservar algún tipo de respeto para los derechos humanos, no podemos hacer uso de la fuerza para privar a las personas de su libertad y propiedad por razones caprichosas. El ejercicio de esa coacción requiere una potente y clara razón. Muchas de las razones que se han propuesto en el caso de la prohibición de las drogas serían consideradas débiles si se presentaran en otros contextos. Pocos se tomarían seriamente la sugerencia que las personas deberían ser encarceladas por dañar su propia salud, ser malos estudiantes, o no compartir el sueño Americano. Es aún menos creíble que deberíamos encarcelar a las personas por una actividad que solo puede que lleve a esas consecuencias. Aun así, estos y similares débiles argumentos forman el núcleo de la defensa de la prohibición.

Los prohibicionistas, de forma similar, no son capaces de responder el argumento que los individuos tienen derecho a consumir drogas. Cualquier respuesta tendría que negar o que las personas tienen derecho a controlar sus propios cuerpos, o que consumir drogas constituye un ejercicio de esos derechos. Hemos visto que algunos tipos de daños que el consumo de drogas supuestamente causa a la sociedad no pueden construir el caso en contra de que sea un legítimo ejercicio de los derechos del consumidor sobre su propio cuerpo. Y la afirmación de que los consumidores de drogas no pueden controlar su comportamiento o no saben lo que hacen aún hace más misterioso el por qué uno debería creer que los consumidores de drogas merecen ser castigados por aquello que hacen.

Voy a terminar respondiendo a una cuestión planteada por el defensor de la prohibición James Inciardi:

El gobierno de los Estados Unidos no va a legalizar las drogas en un futuro próximo, si es que alguna vez lo hace, y ciertamente no en este siglo [XX]. De forma que, ¿para qué dedicar tanto tiempo, gastos, y esfuerzo intelectual y emocional en una misión quijotesca? — [Nosotros] deberíamos saber que por ahora ni los políticos ni la comunidad política responden positivamente a alteraciones abruptas y drásticas de su estratégia[16].

Los Estados Unidos actualmente tienen a 450.000 personas injustamente encarceladas. Inicardi puede que, por trágico que sea, esté en lo correcto de que nuestro gobierno no tiene la intención de dejar de cometer esas violaciones masivas de los derechos de las personas en el corto plazo. Aún así, permanece el deber de los ciudadanos y los teóricos políticos y sociales de identificar la injusticia, y no consentir tácitamente a esta. Imagine un defensor de la esclavitud, décadas antes de la Guerra Civil, argumentando que los abolicionistas estaban desperdiciando su tiempo y deberían pasar a hacer actividades más productivas –como argumentar a favor de cambios incrementales en la forma en la que  se trataban los esclavos– ya que los Estados sureños no tenían ninguna intención de acabar con el esclavismo en un futuro próximo. La institución de la esclavitud es una mancha en la historia de nuestra nación, pero sería aún más vergonzoso si nadie en su tiempo se hubiera posicionado abiertamente en contra de ello.

¿Es esta comparación exagerada? Creo que no. El daño de ser injustamente encarcelado es cualitativamente comparable (aunque normalmente termina antes) al daño de ser esclavizado. La creciente popular estereotipación y uso de los consumidores y vendedores de drogas como chivo expiatorio por parte de los líderes de nuestra nación, es comparable a los prejuicios raciales de previas generaciones. Aún así muy pocos parecen dispuestos a hablar de parte de los consumidores de drogas. Puede que la reticencia de aquellos en la vida pública a defender los derechos de los consumidores de drogas proviene de la imagen negativa que tenemos de los consumidores de drogas y el miedo a ser asociados con ellos. Aún así estas actitudes permanecen siendo descorcentantes. Yo mismo he consumido drogas ilegales. Conozco muchos individuos decentes y exitosos, tanto dentro como fuera de mi profesión, que han consumido drogas ilegales. Un Presidente de los Estados Unidos, un Vicepresidente, un Presidente de la Cámara y un juez de la Corte Suprema han admitido haber consumido drogas ilegales[17]. Más de un tercio de todos los Americanos de más de 11 años han consumido drogas ilegales[18]. Pero dejemos de lado el disparate de recomendar sanciones criminales para todas estas personas. Mi punto es: si estamos convencidos de la injusticia de la prohibición de las drogas, entonces –incluso si nuestras protestas terminan cayendo en saco roto– no podemos permanecer callados delante de esta injusticia a gran escala en nuestro propio país. Y, afortunadamente, han ocurrido reformas sociales radicales, más de una vez en nuestra historia, en respuesta a argumentos morales.


Notas

[1] Husak ([b], pp. 7, 101-3) hace este mismo tipo de argumento (he añadido mis propios ejemplos de actividades perjudiciales a su lista).

[2] ONDCP [b]. La estadística incluye ambas drogas legales (de prescripción) y ilegales.

[3] CDC [a], p. 300.

[4] Iniciardi (1993, pp. 161, 165) hace esta observación, acusando a los legalizadores de ‘sofismo’. Aún así, no entra en calcular el número de muertes por consumidor.

[5] Basado en asumir 29,9 millones de fumadores en 1999 y 7 millones de consumidores de drogas ilícitas (U.S. Census Bureay [a], p. 122. Aún así, estas cifras pueden estar; CDC ([a], p. 303) informa de 46,5 millones de fumadores en el mismo año, basado en otra encuesta diferente.

[6] Basado en la premisa de 240.000 muertes prematuras causadas por la obesidad en 1991 (Allison, et al.) un incremento del 61% en la prevalencia de la obesidad entre 1991 y 2000 (CDC [b]), y un incremento del 9% en la población entre 1991 y 2000 (U.S: Census Bureau [b], p-8), y 38,8 millones de Americanos obesos en 2000 (CDC [c]). Estas cifras también pueden estar ligeramente desviada –diferentes fuentes dan diferentes estimaciones por cada una de esas cantidades.

[7] Ver Inciardi, pp. 167, 172.

[8] Wilson, p.26.

[9] ONDCP [A], PP. 1-2.

[10] Hunsak [b], p.2.

[11] Basado en 73.389 presos por drogas en prisiones federales en 2000 (U.S. DOJ [b], p-14), 251.000 presos por drogas en prisiones estatales en 2000 (U.S. DOJ [b], p.13), y 137.000 presos por drogas en cárceles locales. La última estadística está basada en la población de presos del 2000, 621.149 (U.S. DOJ [b], p.2) y la tasa de 1996 de un 22% de delincuentes por drogas en cárceles locales (U.S. DOJ [a], p.1). Los números probablemente hayan incrementado en los últimos 3 años.

[12] Husak [b], p. 15. Ver su capítulo 2 por un extenso análisis de diversas racionalizaciones para la prohibición de las drogas, incluyendo muchas otras cuestiones de las que no dispongo el espacio para tratar aquí.

[13] No, la droga ‘canibal’ no es un caso así: http://vozpopuli.com/actualidad/46353-desmontando-el-mito-de-la-droga-canibal-vuelve-locos-a-los-periodistas-no-a-los-consumidores

[14] Husak ([a], pp- 166-8), de forma similar, argumenta que nadie tiene el derecho que sea un buen vecino, un estudiante excelente, y demás, y que solo los ‘daños’ que violan derechos pueden justificar sanciones criminales.

[15] Ver Inicardi para una instancia de ignorar la cuestión y Lungren (p-180) como instancia de descargar la cuestión sin argumento. Wilson (p.24) aborda esta cuestión, como mucho, a través de argumentar que el consumo de drogas nos hace peores padres, esposos, empleadores y compañeros de trabajo. Esto fracasa en refutar la afirmación de que los individuos tienen derecho a consumir drogas.

[16] Iniciardi, p. 205

[17] Bill Clinton, al Gore, Newt Gingrich y Clarence Thomas (informado por Phinney). George W. Bush ha rechazado afirmar si alguna vez ha consumido drogas ilegales.

[18] U.S. Census Bureau [a], p. 122.


Referencias

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Centers for Disease Control (CDC) [a]. “Annual Smoking-Attributable Mortality, Years of Potential Life Lost, and Economic Costs—United States, 1995-1999.”Morbidity and Mortality Weekly Report51 (2002): 300-303. http://www.cdc.gov/mmwr/PDF/wk/mm5114.pdf

CDC [b]. “Prevalence of Obesity Among U.S. Adults, by Characteristics.” http://www.cdc.gov/nccdphp/dnpa/obesity/trend/prev_char.htm

CDC [c]. “Overweight and Obesity: Frequently Asked Questions.” http://www.cdc.gov/nccdphp/dnpa/obesity/faq.htm

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Husak, Douglas [b].Legalize This! The Case for Decriminalizing Drugs(London: Verso, 2002).

Inciardi, James A. “Against Legalization of Drugs” in Arnold Trebach and James Inciardi,Legalize It? Debating American Drug Policy (Washington, D.C.: American University Press, 1993).

Lungren, Daniel. “Legalization Would Be a Mistake” in Timothy Lynch, ed., After Prohibition (Washington, D.C.: Cato Institute, 2000).

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